Pajaritos deabuladores.

jueves, 17 de abril de 2014

¿Vida social?

Vida social, eso que últimamente me falla bastante. Eso que mi madre teme que pierda. 
Soledad, muchas veces mejor que estar rodeada de gente falsa que habla de cosas sin sentido y que a la mínima te dicen como tienes que vivir o critican tu forma de hacerlo. 
Como se dice en libros, películas y porque no, en la calle, muchas veces nos sentimos más solos rodeados de gente que sin ella. Y eso me pasa a mí. Me agobia estar rodeada de gente que habla de cosas sin yo poder decir nada porque no sé de qué va. O si lo sé, lo que pasa es que soy una insegura. 
Eso, cosas que últimamente repito demasiado. Sí, soy insegura, soy muy tímida y no me ayuda nada tener una autoestima a un nivel inferior a cero. No me siento bien conmigo misma y pocas personas hacen que me sienta bien en sociedad. 
Odio conocer gente nueva, o más bien, odio saber que voy a conocer gente nueva, porque una vez hecho me encanta, me siento "realizada" de alguna forma. Pero ahí se queda. Conocer. Saludar. Decir el típico "Tú y yo tenemos que quedar algún día" cuando sé perfectamente que ese día nunca va a llegar. 
Me cierro en mí misma y en la gente con la que tengo más confianza. 
Por otro lado, sí, soy egoísta. Pero soy egoísta con las personas, odio y empiezo a evitar a las personas cuando veo que aprecian más a alguien que a mí cuando a quien aprecian no hacen más que fingir ser alguien que no son. Es algo que odio y que soy incapaz de compartir. 
Hace tiempo escribía una historia, un año entero para conseguir cien páginas de algo que jamás verá la luz. Me inventaba una vida de alguien que era genial, una chica simpática y que hacía amigos con facilidad, hasta que me he dado cuenta de que sí, ese es en parte mi sueño, pero que si no se escribe de lo que conoces, jamás vas a escribir bien, no voy a saber transmitir lo que realmente quiero y se va a quedar en eso, en un simple sueño que solo unas pocas personas de confianza leerán.

domingo, 28 de julio de 2013

Sueños alcanzables.



Ya no sueño con príncipes, ahora sueño con ciudades. Ciudades plagadas de gente. Caras diferentes para ver todos los días, sonrisas verdaderas al contrario que las sonrisas falsas que son el pan de cada día. Sueño con ciudades en las que cada día tenga algo nuevo para ver.



Vivimos en una caja de zapatos y ya todos nos conocemos las cuatro paredes de cartón. Sabemos si tiene algún agujero y exactamente dónde está. Vivimos tan embutidos que nos es imposible no rozarnos cada día. El roce hace el cariño. Pero el roce desgasta, desgasta las relaciones entre unos y otros. El mundo es un pañuelo y nosotros vivimos en la esquina más pequeña de este. Salimos a ver ciudades y nos imaginamos nuestro futuro en éstas, hasta que volvemos a la realidad y alguien ha mojado nuestra caja de zapatos, todo nos parece diferente y a la vez peor que el último día que andamos por este cartón, casi deshecho, que necesita una mano de pintura.



Ciudades en las que nadie se conoce y se puede empezar de cero. Ciudades en las que puedes soñar despierto y no dormir nunca. Y cuando estás allí echas de menos tu casa. Echas de menos esas sonrisas falsas, pero te das cuenta de que tu vida no sería la misma sin eso. Te das cuenta de lo diferente que serías sin todo lo que has vivido entre esas cuatro paredes. Y piensas que si todavía estuvieras allí, algún día la monotonía te haría explotar. Te sentirías tan agobiada que ni el grito más agudo, ni el más grave, ni el más alto te desahogaría.



Estamos atados como perros que no pueden entrar en las tiendas. Somos coches clásicos a los que no sacan del garaje. Somos cucarachas, todas iguales. Somos la monotonía de otros y la nuestra. Somos claustrofóbicos en esta caja de cartón.

viernes, 29 de marzo de 2013

El tren de los sueños y la falta de billetes.

Yo ya no sé escribir si no son historias. Pero tú no sabes decir otra cosa que historias. Yo las escribo tú las dices. No tiene la misma repercusión, pero al fin y al cabo es lo mismo. 
A mí se me ha olvidado escribir párrafos con sentido. Yo ya lo único que sé hacer es ponerme música y ver fotos. Fotos que te transportan a otros sitios, que te hacen echar de menos a esas personas que alguna vez se acordaban de ti pero que ahora ya ni te saludan. Hacen que sonrías, que conozcas a personas geniales, que tengan los mismos gustos que tú. Personas tan parecidas y tan alejadas.
Un tren de los sueños. ¿Dónde está mi billete? 
¿Por qué yo no puedo ir a otras ciudades sin preocuparme por nada? ¿Por qué no puedo viajar a Santander sin que nadie me diga que no?
¿Por qué no me puedo vestir como yo quiera? 
¿Quién dice como se tiene que vestir la gente según el día?
Personas que no entienden que a mí siempre me va a gustar llevar converse, que no quiero otra cosa. Que yo no me veo bien con manoletinas. Que es la peor tortura del mundo. 
¿Por qué yo no puedo ir a Zaragoza ni un día? ¿Qué tengo que demostrar? ¿No he demostrado ya bastante?
Confianza es lo que nos hace falta a muchos. 
Parece que aquí la única que me entiende es la música. Que también te hace sonreír, pero muchas veces llorar. Canciones inoportunas que hacen que se te salten las lágrimas. Remueven el pasado y te hacen desconfiar del futuro. 

domingo, 17 de marzo de 2013

Llueve.

Ahora me disponía a escribir un capítulo del libro que estoy escribiendo. Pero en mis cascos suena Paradise y no tengo ninguna inspiración para escribir otro capítulo de esos que no tienen sentido alguno. De todas formas, tampoco tengo inspiración para escribir aquí. 
Siempre que voy por la calle, con música, me invento historias sobre las personas que pasan a mi lado. Me imagino su vida. Me doy cuenta de las cosas y narro en mi cabeza como es todo. Supongo que ya es hora de publicar lo que escribí un día de enero:
Calles frías, un hombre que baja del coche mirando el móvil, así, ¿quién no cree en los zombies?
Dímelo a mí, que voy por la calle con el móvil escribiendo esto.
Restos de una lluvia en el suelo, zapatillas llenas de barro, la noche ya fría que tapa al sol, la oscuridad frenada por las farolas, un grupo de chicas que va cantando por la carretera, el sonido del viento al balancear los árboles. Gente que pasea a su perro, el sonido del río con el olor a tierra mojada. Luces de la ciudad que se comen las estrellas. Pitidos de coches, gente haciendo deporte, gente con pantalón largo y abrigo al lado de gente en pantalón corto y tirantes. Y es aquí cuando dudas de la inteligencia de las personas. De su tacto de si hace frío o calor. Gente que salta charcos y gente que salta problemas.